Conjunto de la Abadía de Valdediós

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Patrimonio histórico
Patrimonio religioso
Conjuntos arquitectónicos

El 2000 es el año de celebración del 800 aniversario del nacimiento de este recién restaurado monasterio cisterciense, que pasa por ser el más importante de la Orden en Asturias. La Hermandad de Valdediós, que cada año convoca en aquel lugar a más de un centenar de sus ex seminaristas para rendirle un homenaje al cenobio, adelantándose a los actos previstos para el año finisecular, regaló durante su cita anual de 1999 —celebrada el 1 de mayo— una corona a Nuestra Señora de la Asunción, una imagen barroca de mediados del s. XVII que preside el altar mayor de la iglesia de Santa María de Valdediós. Sustituta de una anterior que desapareció en el transcurso de la guerra civil, la nueva corona es una reproducción de la que está situada en la Capilla del Rey Casto en la catedral de Oviedo, porque ambas figuras pertenecen al mismo periodo. De madera de castaño policromada, con incrustaciones de esmaltes al fuego y recubierta con pan de oro, ha sido realizada por el taller de Tita Requejo en Gijón. La Hermandad también costeó el tratamiento de la figura de la Virgen de la Asunción y de los dos ángeles que la acompañan.

Corren nuevos tiempos para los nuevos monjes del viejo monasterio. Una excelente aceptación está teniendo la hospedería interna y externa puesta en marcha hace tres años. Las cifras indican que el cenobio constituye un envidiable lugar de reposo y reflexión. La hospedería externa suele estar al completo de junio a septiembre. El taller de encuadernación es otra de las iniciativas consolidadas.

Información práctica

El conjunto monástico de Santa María de Valdediós se encuentra enclavado en el valle del mismo nombre, en el concejo de Villaviciosa de Asturias y situado al suroeste de su capital.

Se llega por el desvío existente en la carretera AS-113, frente a la fuente ubicada entre los núcleos rurales de Villabona y Lloses. Son 10 los kilómetros que la separan de la capital del concejo. Las distancias a los principales núcleos de población son las siguientes:

  • Desde Oviedo, por La Campa y San Pedro Ambás: 42 km.
  • Desde Gijón, por Villaviciosa y S. Pedro Ambás: 37,5 km.
  • Desde Villaviciosa, por S. Pedro Ambás: 9,5 km.

Desde Gijón existe la posibilidad de acortar el trayecto por la carretera local que desde El Pedrosu conduce a Niévares, Concellero, Puelles y Valdediós a través de paisajes de extraordinaria belleza.

Las comunicaciones, por autobús, desde Villaviciosa y Oviedo, llegan hasta S. Pedro Ambás, debiendo, en este caso, realizarse a pie el tramo de 1.800 metros que separa S. Pedro Ambás de Valdediós. Muy sugerentes son las posibilidades de acercamiento a pie, desde La Campa, por el Cordal de Peón, o desde Villaviciosa.

Valdediós

Sitio propio para quien trata con los moradores del Cielo. (YEPES, Corón)

Con el nombre de «Valle de Dios» se conoce desde la Edad Media el antiguo lugar de Boiges, una profunda y fértil hondonada que, como un amplio embudo, se abre al suroeste de Villaviciosa, en Asturias. «Valle tan vistoso, ameno y apacible, que parece que en él ha echado Dios su bendición. Sitio propio para quien trata con los moradores del Cielo, como son los padres del Císter, que ahora residen en aquella casa, y la poseen desde el año de mil doscientos...» (Yepes. Corón. IV, 261 v).

Enclavado en lo más angosto de este valle se encuentra el monasterio de Valdediós. El conjunto arquitectónico, de variados estilos, es el resultado de una incensante actividad constructora durante los últimos once siglos. En un primer acercamiento al conjunto monumental, el visitante ya distingue dos elementos bien diferenciados, y que en síntesis podrían quedar expresados así:

1. Lo pequeño. La minúscula —aunque grandiosa— iglesia de San Salvador, joya inestimable del arte prerrománico asturiano.

2. El gran conjunto monástico de Santa María, único de los tres monasterios cistercienses en Asturias que mantiene intacta su estructura (Belmonte, ya desaparecido, y Villanueva de Oscos, en gran parte en estado ruinoso, son los otros dos).

Reseña histórica

Domus Domino, et Beatae Mariae, Santisque omnibus totam hereditatem de Boiges tan de realengo quan de infantatico ad abbatiam ibidem Cisterciensis ordinis costruendam...

(Alfonso IX de León y su esposa Berenguela, el 27 de noviembre de 1200).

Valdediós, paraje en el que la naturaleza destaca por su exuberancia y prodigalidad, ya sirvió de refugio para los habitantes de la prehistoria. Los hallazgos de cráneos y cerámicas de la «Cueva de Valdediós», estudiados por G. Caveda y Uría Ríu, confirman que el futuro «Valle de Dios» ya estuvo habitado un número indefinido de miles de años.

Los romanos, expertos en la selección de sus asentamientos, escogieron este paraje continuando así con la milenaria tradición de habitar el valle. Las excavaciones efectuadas en 1928 muestran los restos de una villa romana construida con cierto esplendor, pues incluso llegó a estar dotada de termas. Mudos testimonios de aquella época son los fustes de dos columnas depositadas en la sacristía sur de la iglesia de San Salvador.

De las excavaciones también se extrajeron diversas cerámicas y algunas monedas romanas.

La tradición habla de la presencia de un monasterio, en este valle, desde los momentos iniciales de la Reconquista, pero de ello no existe documentación alguna.

En el siglo IX, y con Alfonso III el Magno, se inicia en Valdediós un largo periodo de grandeza y esplendor. Bajo su mandato se construye la iglesia de San Salvador. Quiere la tradición que a su lado hubiese un monasterio, y así lo recogen Carvallo, Yepes, Cuadrado, Martín Vigil y Cotarelo, para quien «sí consta» su existencia. No obstante, no hay de ello prueba documental alguna, y de las excavaciones allí efectuadas nada se obtuvo.

El monarca, al que las crónicas califican como ilustrado por su saber —«sciencia clarus»—, escogerá Valdediós como lugar de su retiro: «En efecto, todos los hijos del rey, hecha conjuración entre sí, expulsaron a su padre, que se estableció en el pueblo de Boiges» (Crónica de Sampiro).

El 27 de noviembre del año 1200, el rey Alfonso IX de León y su esposa Berenguela fundan un nuevo monasterio en el lugar de Boiges. Y lo donan a la entonces floreciente Orden del Císter, popularmente conocida como de los «monjes blancos». La nueva abadía queda bajo la advocación de Santa María, como es costumbre en todas las fundaciones del Císter, y el lugar pasa a conocerse desde entonces como Valdediós.

Valdediós, en el fondo de un valle, alejado de toda población y sobre una corriente de agua, reúne los requisitos habituales en las construcciones monásticas del Císter.

El 18 de mayo de 1218 se inician las obras de la iglesia de Santa María de Valdediós y se concluyen en 1226. El monasterio fue fundación predilecta del monarca, quien a lo largo de su vida otorgará más de veinte Cartas de donación, privilegio y confirmación a favor del nuevo monasterio, al que defenderá con energía y contundencia del acoso que se vería sometido de continuo: «Prevengo a Martino Marcos que, si quiere tener paz y amistad conmigo, no haga mal ni pesar a Valdediós en ninguna ocasión, y aquiétese».

Los privilegios dados por Alfonso I serán confirmados por los sucesivos monarcas, de forma reiterada, hasta bien entrado el siglo XVIII. Igualmente, los pontífices, desde Inocencio III en 1210 hasta Paulo V —Papa de 1605 a 1621— a comienzos del siglo XVII (década de los diez), no dejarán de proteger con sus bulas el desarrollo y engrandecimiento de este monasterio.

La historia del monasterio de Valdediós está repleta de avatares de distinto signo. A mediados del siglo XV la disciplina monástica sufrió una marcada decadencia, haciéndose necesaria la aplicación de diversas medidas disciplinares.

En 1348 el monasterio es víctima de un voraz incendio, en el que, con parte del edificio, desaparecen valiosos documentos de su archivo.

En 1522 vuelve a ser destruida la fábrica del monasterio: «En este dicho año de mil quinientos veinte y dos, víspera de Nuestra Señora de Septiembre, para amanecer su día fue grande diluvio toda esta noche. Entró el agua... e llevóse mucha parte del Monesterio de Val-de-Dios y en todo el Concejo de Villaviciosa» (Tirso de Avilés, Cosas notables...).

El año 1516 «este monasterio de Valdediós, que siempre fue muy principal», se une a la Congregación de Castilla, separándose del Capítulo General del Císter. Se trata de un intento serio de reforma para atajar la relajación de la disciplina monástica. Efecto beneficioso de esta medida fue evitar que Valdediós cayese bajo el poder de abades comendatarios.

Alrededor del año 1590 la peste había logrado reducir la población de Valdediós al abad y un monje.

En 1691, «con gran pérdida», el agua de la inundación alcanza los 2 metros con 65 centímetros en la iglesia.

El año 1835 es el de la Desamortización. Cesa la vida monástica y se inicia la decadencia material del edificio.

En 1862 se establece en el viejo monasterio el Seminario Mayor, al que se añade en 1877 un Colegio de Segunda Enseñanza. Éste será suprimido en 1923.

El año 1951 vuelve a quedar Valdediós en abandono total. Las estructuras se deterioran hasta el extremo de amenazar ruina total. La opinión pública se sensibiliza y se desarrolla una campaña titulada «Salvad Valdediós», promovida por la Asociación de Amigos del Paisaje de Villaviciosa.

En 1986 se inicia la restauración. La realiza el Gobierno Regional de Asturias a través de una Escuela Taller dependiente de la Consejería de Industria, Empleo y Turismo, y del Instituto Nacional de Empleo (INEM).

El 29 de julio de 1992 se restaura la vida monástica, volviendo a Valdediós la Orden del Císter.

Secuencia constructiva de los actuales edificios

La belleza, noble señor, no es tanto una cualidad del objeto observado cuanto un efecto sobre el observador.

(BARUCH DE SPINOZA, Carta).

S. IX Iglesia de San Salvador.

S. XIII Iglesia de Santa María.

S. XVI Plantas baja y primera del claustro.

Sacristía y sala capitular.

Hospedería y casa abacial.

Canalización del río.

Traslado del coro bajo a su actual emplazamiento como coro alto.

S. XVII Atrio de entrada.

Órgano.

Inicio del claustro cerrado.

Ampliación de la hospedería.

S. XVIII Última planta del claustro.

Terminación del claustro cerrado.

Terminación de la espadaña de la iglesia.

Edificio situado al norte de la iglesia.

Conclusión de la hospedería.

Retablos barrocos.

Pinturas de la sacristía (Reiter).

Caballeros y caballos del crucero (Nava).

S. XIXReconstrucciones parciales.

S. XXRestauración total.

Valdediós y el esquema tradicional de un monasterio cisterciense

Ninguno de nuestros monasterios debe levantarse en ciudades, castillos o aldeas, sino en lugares apartados, lejos del tráfico de la gente.

(EXORDIUM PARVUM, XV, Instituta monachorum cisterciensium...)

Algunas precisiones descriptivas pueden ayudar a mejor comprender la distribución de los distintos edificios de un monasterio cisterciense. Habitualmente suelen seguir las reglas que a continuación se explican. Valdediós es un monasterio que se ajusta con fidelidad a esas normas.

La iglesia se sitúa al norte del monasterio, orientada de tal forma que la puerta principal se abra hacia el oeste y el altar mayor quede situado hacia el este. En el lado sur del transepto se abre la puerta de la sacristía, y a su lado una escalera da acceso, desde el templo, a la zona del dormitorio de los monjes. En el ala norte del transepto otra puerta comunica con el cementerio, en el exterior de la iglesia. En Valdediós se localizaron enterramientos en la zona norte del templo en el transcurso de las últimas excavaciones.

El coro de los monjes se sitúa en la nave central, parte delantera, como ocurrió en Valdediós hasta que éste fue trasladado, en el siglo XVI, a su actual emplazamiento.

El claustro, lugar importante en el monasterio, está situado al sur de las naves de la iglesia y adosado a ella. Es el lugar en cuyo derredor se desarrolla la vida de los monjes y constituye el paisaje, «abierto hacia dentro», al cual va a estar inseparablemente ligado el monje, en virtud del voto de estabilidad por él libremente asumido. En Valdediós, el claustro, de generosas proporciones, consta de tres niveles o plantas:

—El primer nivel, del siglo XVI, está formado por una galería con arcos de medio punto, algo rebajados, y balaustrada de piedra. Las columnas se apoyan sobre balaustrada.

—El segundo nivel, del siglo XVI-XVII, está dotado de arcos carpaneles, también con balaustrada de piedra. A diferencia del anterior nivel, las columnas se apoyan en el piso, integrándose en parte en la balaustrada.

—El tercer nivel, del siglo XVIII, presenta una galería de estructura adintelada o clásica recta, con barandillas de hierro con pasamanos, y columnas abalaustradas que se apoyan en el suelo del piso.

En el centro del patio está la fuente tradicional de los claustros.

Entrando en el claustro, desde la iglesia, y a mano izquierda, una primera instancia de reducidas dimensiones, el armarium, servía para guardar los libros del monasterio. Actualmente el antiguo armarium está comunicado con la sacristía.

Siguiendo por esta aula del claustro —la oeste— se abre a continuación otra estancia, la segunda en importancia, después de la iglesia, para el monasterio: la sala capitular. Recibe su nombre, según unos autores, por la lectura diaria de un capítulo de la Regla de San Benito que allí efectúan los monjes; según otros autores —la teoría más acreditada—, porque en este lugar se tenían reuniones del capítulo de la comunidad, para la discusión y toma de decisiones importantes. Generalmente, el sitial del abad y los asientos de los monjes están adosados a la pared de esta sala.

En Valdediós hoy apenas es reconocible la sala capitular a causa de las sucesivas transformaciones que sufrió. En las esquinas quedan los arranques de los nervios de una bóveda que quizá nunca llegó a completarse. En una pared, una lápida epitafio reza:

«OVETENSIS ERAT ORDONIUS ISTE DECANUS QUEN GENUS EXTULLERAT MENS SACRA LARGA MANUS QUI RELEVANS INOPES VIRTUTUM FLORE REPLETUS SEDIS DISCRETUS MULTIPLICAVIT OPES UT FACERET TOTUM CELESTEM PROSPERA FINIS CLAVSTRIS DEVOTUM SE MONACHAVIT IN HIIS HIC LATUIT SUPPLEX POST MC TER AUFER I DUPLEX».

Que Canella traduce así:

«ORDOÑO, DEAN OVETENSE, ELEVADO A ESTA DIGNIDAD POR SU RELIGION, LIBERALIDAD Y NOBLEZA; PADRE DE LOS POBRES Y BIENHECHOR DE LA IGLESIA CATEDRAL; QUE PARA LLEGAR A PERFECCION MAYOR Y ACABAR SU VIDA SANTAMENTE SE HIZO RELIGIOSO EN ESTE MONASTERIO EN 1260».

El ala sur del claustro da acceso a las dependencias de la cocina, el refectorio, y antiguamente al calefactorium, única sala donde en las épocas de frío era posible calentarse. En Valdediós ha desaparecido la estructura interna de estas dependencias. Sin embargo, se conserva en su integridad la estructura de fábrica de un claustro cerrado de extraordinaria belleza, con paramentos de mampostería. En las plantas bajas de este claustro estaban distribuidas bodegas, almacenes y caballerizas.

El monasterio de Valdediós se completa con el edificio de la hospedería y la casa abacial. El conjunto arquitectónico forma parte inseparable del paisaje de aquel valle conocido «ya en la Edad Media con el nombre de Valle de Dios».

La restauración monástica

¿Qué vida tenéis si no tenéis vida juntos?

No hay vida que no sea en comunidad,

ni comunidad que no se viva en alabanza de Dios.

(T. S. ELIOT, Coros de «La Pedra»)

El 29 de julio de 1992, después de 157 años sin vida monástica desde la Desamortización, se instala, en Valdediós, una pequeña comunidad cisterciense de hombres —llegada desde Poblet—, que buscan a Dios; si bien la historia comenzó ya mucho antes y entra a formar parte, directa o indirectamente, de la vida cristiana de mucha gente anónima (laicos, religiosas, presbíteros) sin la que esta empresa de restauración no hubiera podido iniciarse ni concluirse.

La vida monástica no tiene otro fin último que Dios, y los monjes han abrazado esta vida como respuesta a una llamada a consagrarse sólo a este fin.

En el monasterio, escuela de servicio divino («dominici schola servitii», S. Benito, Regla, Prólogo, 45), el monje, en la celebración diaria de la alabanza de Dios, y en la meditación de su Palabra, bajo la autoridad de una regla y de un abad (Regla, cap. I, 2), vuelve al Señor, del que se había alejado a través del trabajo de la obediencia (Regla, Prólogo, 2).

Dentro del marco de la vida monástica, con su organización de la jornada en un armónico equilibrio entre oración y trabajo, el monje comparte con otros hermanos la fatiga de la fe. Junto con ellos y contando con su ayuda y apoyo, luchando contra sus propias debilidades y fragilidades, y contra su propio pecado, intenta ser un testimonio del amor de Dios que salva y redime, manifestado en Cristo por el Espíritu.

La meditación de la Palabra de Dios («Lectio divina») que le da un conocimiento no simplemente intelectual, sino experiencial de Cristo, día tras día, de forma imperceptible, lo transforma interiormente, engendrando en él los mismos sentimientos que fueron los de Cristo Jesús (Fil 2, 5). Y hace de él un hombre que vive y actúa según Dios y que en la celebración eucarística, cumbre de la jornada, junto con Jesucristo renueva su entrega al Padre.

Fuera del mundo pero no separado de él, el monje actualiza el misterio de la plegaria de Cristo, presentando al Padre a todos los hombres con sus angustias y tristezas, con sus alegrías y esperanzas (cf. «Gaudium et Spes», 10), confiándolos a su Providencia, que cuida de todos sus hijos.

Con su existencia, el monje es testigo de la dimensión escatológica de la Iglesia y afirma con su vida el primado de Dios, dado que el corazón del hombre está inquieto hasta que no descansa en Él (S. Agustín, Confesiones).

La hospedería monástica

A todos los forasteros que se presenten se les acogerá como a Cristo, ya que él un día ha de decir: «Era forastero y me acogisteis».

(S. BENITO, Regla, cap. LIII).

La práctica de la hospitalidad es una tradición que se remonta a los orígenes del monacato. San Benito la considera ampliamente en su Regla.

Destinada primordialmente a los «hermanos de la fe», a los peregrinos y a los pobres, no excluye en modo alguno la acogida de personas alejadas de la fe; tal como alcanzó a expresar Simone Weil: «entre dos seres humanos que no tienen experiencia de Dios, el que lo niega es quizás el que está más cerca de Él». Idea que ya había expresado, de forma más radical y muchos siglos antes, el propio S. Agustín: «La Iglesia tiene enemigos entre sus hijos e hijos entre sus enemigos».

Los hombres que practican la «religión revelación», e incluso los que niegan a Dios, tienen ocasión de vivir en la hospedería monástica la experiencia del silencio profundo, al menos como manifestación del más alto nivel estético. Aquí coinciden en armonía lo cristiano y lo humano, permitiendo así «poner en contacto lo sagrado con lo profano de modo que lo primero no resulte contaminado, sino comunicado, y lo segundo no resulte alterado, sino santificado». El hombre creyente puede vivir aquí el silencio profundo, donde es posible escuchar al «Otro» sin interferencia, pues «sólo Dios habla correctamente de Dios», ya que Él es la Palabra.

«Nuestra vida monástica es anonadamiento,
humildad, voluntaria pobreza,
obediencia, paz y gozo en el Espíritu Santo.
Es sujetarse al superior, obedecer al abad,
ceñirse a la Regla, vivir bajo disciplina.
En esto consiste: en amar el silencio,
ejercitar el ayuno, velar con diligencia,
hacer oración, trabajar;
y sobre todo caminar por el más alto camino
que es el de la caridad y amor de Dios,
y en todo ir adelante cada día más y más,
y preservar en esto hasta el último aliento de nuestra vida
».

(San Bernardo, Carta 142)

Fuente: Valdediós, obra editada por el monasterio de Santa María de Valdediós, ya agotada.


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